jueves, 25 de junio de 2009

Sobre soledades

Hace unos años cuatro chicos de pelo raro se preguntaban quién era Eleanor Rigby y dónde terminaban todos los solitarios del mundo. Aquí, hoy, desde una máquina con conexión de banda ancha algo parece tomar forma de respuesta.
Aquí están los solitarios y las solitarias; aquí donde los campos huelen a fresas virtuales y no es necesario inyectarse nada para ser otro, simplemente simularlo.
El anonimato de las grandes ciudades traslocado a todo el mundo, en simultáneo: la metrópolis extendida. La quimera de ser alguien distinto todos los días, de olvidar las cosas y las gentes. Y empezar de cero.
Claro, los índices de suicidio bajarán notablemente. También el amor, los matrimonios y los cafés. Las emociones son más diluíbles, mas sutiles. Las pantallas no lloran, y los del otro lado siempre son los malos. Nuestros propios fantasmas huyen al sonido de los teclados, cómo no habrían de hacerlo si es nuestro yo más ideal el que escribe? Los otros yo, los menos perfectos, los más impredecibles, los más inestables, los más incoherentes son los que nos enfrentan en los espejos de las mañanas, en las verdulerías, en los subtes y en la calle. Los que molestan. Los que preguntan, reflexionan, sufren.
Es más fácil olvidar, que reconocer. Tragarse los dolores, aprender de lo hecho y lo no hecho, desilusionarse y crecer. Si uno pudiera elegir, eligiría no lastimarse nunca. Y nunca lastimar a nadie.
Pero fuimos diseñados para crecer, para todo el resto de las cosas. Creados para vivir, no para navegar. Para pintar con los dedos, no para los fotologs. Para el sexo, no para la pornografía. Para los demás y por los demás. Todo nuestro cuerpo, hasta la última minúscula célula de tus receptores nerviosos en el fondo de la retina sirve pura y exclusivamente para mirar a otro ser humano.
Ser un solitario en simultáneo no es dejar de estar solo.

domingo, 24 de mayo de 2009

por qué odio a los hombres.com

Como encaro una etapa fenix, nuevamente, he vuelto a reflexionar sobre cuestiones recurrentes, y hoy llegué a una nueva conclusion.
Que despues de contorsionarme intentado depilar mis partes íntimas (sumele falta de tiempo y/o dinero), sintiendo los tirones de la impiadosa cera caliente y mistrapecios que viven contracturados; pensé en todas las veces anteriores que lo había hecho y lo muy injusto que es que el hombre que lo disfrute se excuse queriendo ser mi amigo.
Si me avisaras eso sufriría menos, hijo é perra.
De todos los lados posibles.

lunes, 11 de mayo de 2009

.-.-.-.Me cansé de dar lástima.-.-.-.-.

sábado, 9 de mayo de 2009

Reload

Bueno, que mi vida es patética y poco agradable para un reality; ya nos venimos dando cuenta todos hace un tiempo, no?
Pero por alguna extraña razón (como ser primera dos veces en la misma semana en ALGO! en mi vida), siento que todo me calienta un pito.
Porque mirá que mi vida de loser sigue tan activa como antes, eh? Sigo con esos encuentros histericoeucarísticos vía chat, con psiquiatras que me patean al primer olfato, con amigas que se van lejos, con tipos que me rechazan abiertamente cuando les pido (si, señoras, soy la reina del sex-begging) una nochecita con cucharita incluida...
Si, igual que siempre.
Estoy empezando a sentir que soy muy buena para este lugar tan invisible dónde todos se les canta ponerme. O suponerme.
Decíme loca (y sacá número), pero creo que merezco y puedo responder a más que esto; que puedo dar batalla todavía, y un montón de cosas más también. Que lo quiero todo, todo, todo.
El gran combo, no la papa frita consuelo: estoy empezando a ser ambiciosa, autosuficiente y segura.
No sé con qué se come, pero yo que vos... tendría cuidado.

miércoles, 6 de mayo de 2009

viernes, 1 de mayo de 2009

Era otoño, pero el clima parecía haberse estancado en un verano que perduraba a pesar del calendario, de los marzos y los abriles sucedáneos.

Era otoño. Pero no parecía otoño el día que conocí al segundo Ulises.

Siempre me pregunté, cuando recordaba ese momento, cuál de los dos había llegado primero, si él o las hojas secas. Y luego de mucho lirismo y muchas reevocaciones, supongo que llegaron en estéreo, y en estéreo fueron cayendo todo lo que quedaba de abril y de mayo del 98.
1998 fue un año epicrítico para todos, aunque nosotros éramos jóvenes y nos quedaba muy corta la capacidad de análisis, pero comenzaba el desbarranco de la vida pseudoprimermundista del primer gobierno de Menem, y nos sentíamos a mitad de camino entre la necesidad de seguir consumiéndolo todo como langostas, y detenernos a lamernos el vacío que nos dejaba tanto made in taiwan, tanta remera de los L.A. Lakers.
El primer Ulises usaba un saco negro de paño que lo hacía parecerse a algún personaje Charles Dickens, llegándole a los tobillos, algo holgado y descubriendo una cabeza rapada al ras, con un gorro, también negro. Yo siempre pensé que tenía ojos que hacían juego.

El segundo, el del otoño cálido, vestía camisas claras y tenía los ojos celestes. No recuerdo la voz del primer Ulises, si sonaba igual a la de éste, el de tres años después; así que podríamos suponer que era la misma, que eso no había cambiado.
El resto sí. Éste no era el personaje lleno de niebla y escapado de Londres que me gustaba seguir tres cuadras detrás hasta que se tomaba el micro, y que dejaba al doblar las dos cuadras a la derecha que me separaban de mi departamento.
Éste era un hombre seguro. Con una voz que no temblaba, aunque yo sabía que jugaba a seducir a una mujer que le costaba subestimar.

Nos encontramos en la calle, bajo la primer lluvia de hojas que nos cayó encima. Teníamos los ojos del mismo color, y acabábamos de darnos cuenta: él no me recordaba y yo sólo ví al primer Ulises un par de veces. Y era encontrarnos por primera vez, pero ya no éramos los dos apelmazados sacos de miedos de tres años atrás, pero como con las seguridades vienen las nuevas responsabilidades… Él ostentaba novia, y yo necesitaba trabajo.
¿Qué hubiera pasado si no? ¿Qué hubiera sido de nosotros tomando café en esa misma guardia, yendo al cine, comiendo comida árabe, hablando de política y escuchando a Astor Piazzolla?
No sé. No supimos.
Se nos limitó al asombro mutuo ese instante, a un par de respiraciones más profundas entre la lectura de historias clínicas y las entrevistas con los pacientes. Dos estatuas de mármol con nombre griego, académicamente autosatisfechas, que se guiñaban un ojo de vez en cuando.
Yo tuve brevemente la certeza que miraba el pañuelo azul de mi cuello preguntándose que habría detrás, y él supo que yo insinuaba que estaba hecho para sacarse.
Cuándo nos despedimos, en términos formales de camaradería típica entre colegas, los dos sonreímos, nos sentimos cómplices y nos agradecimos sin decirlo, lo mucho que necesitábamos que nos miraran el cuello, preguntándose qué sabor escondía.

lunes, 13 de abril de 2009